éLeBê centro (Porto)

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Si seguís este blog, cualquiera de mis redes sociales o, mejor aún, si me conocéis en persona, sabréis que no es ningún secreto que me encanta Portugal y, sobre todo, la gastronomía portuguesa.

Por eso cada vez que me adentro en el país vecino, no puedo evitar disfrutar de un buen homenaje gastronómico.

Cierto es que no siempre está a la altura de mis expectativas pero lo más habitual es que salga de los restaurantes con una sonrisa en la cara (y muchas veces, alguna que otra lágrima en los ojos – de placer, entiéndase).

El pasado fin de semana estuve en Oporto, ciudad que hacía bastante que no visitaba. Tras una búsqueda por internet, encontré un sitio que me llamó la atención (y encima, cerca de mi hotel): éLeBê centro.img_3338

Sin reserva ni nada, me fui a eso de las 8 de la tarde del sábado, a probar suerte.

Y suerte tuve. Cuando llegué sólo había otra mesa, así que incluso pude elegir sitio.

El ambiente del restaurante era muy agradable. Mesas con espacio entre ellas, para no tener esa sensación de claustrofobia de locales que sólo quieren meter más y más comensales. De hecho, un detalle que me encantó es que cada mesa tiene al lado otra pequeña mesa supletoria, para poner las bebidas o platos, lo que hace que la experiencia gastronómica sea mucho más cómoda.

Como os he dicho, había hecho mi investigación previa así que venía ya con la idea de qué pedir. Sin embargo (y fue culpa mía), debí ver la carta de otro de los 3 éLeBê que hay en Oporto. Esto quiere decir que me quedé con las  ganas de probar uno de los platos más típicos de Oporto: tripas a moda do Porto.

No pasa nada, pregunté a la persona que me estaba atendiendo (que parecía más que un camarero, el jefe de sala). Me recomendó probar la alheira de perdiz como entrante. De segundo estaba claro que me iba a decantar por un bacalao. Me recomendó el bacalhau éLeBê, así que en ambos casos seguí su recomendación. Y, por supuesto, el couvert

Pido también un agua con gas y una copa de tinto (buena acompañamiento para os platos que había elegido) y, de nuevo, me dejo aconsejar. Me traen un Manuel Correia (MC) de 2015. Tinto de la zona. Muy correctoimg_33091

Como couvert me traen dos tipos de pan deliciosos, unas aceitunas aliñadas (diría que aliñadas allí mismo, no de bote) y una crema de queso (me atrevo a decir que con ajo y orégano) deliciosa. img_33111
Puedo decir sin lugar a dudas que es el mejor couvert que me han servido en Portugal hasta la fecha. En muchas ocasiones se limitan a ponerte algo para entretener al comensal mientras preparan la comida pero, en este caso, el telonero estaba a la altura del artista principal. 

Cuando llega el primer plato, la alheira de perdiz, me quedo embriagado por el olor. Intenso pero sin llegar a empalagar. Vaticina un bocado delicioso. img_33171

Antes de seguir, merece la pena aclarar que la alheira es un tipo de embutido ahumado típico portugues que se hace con carne, grasa, aceite y pimentón. Podéis leer más sobre este interesante embutido en este artículo de naturaliste.es o en este otro de la BBC (en inglés).

En este caso, el chef hace una reinterpretación, del plato tradicional, ofreciendo unas bolas elaboradas con carne de perdiz y el resto de ingredientes de la alheira tradicional, y rebozándolas en almendra tostada. La sirve con salsa tártara. Y aquí está la clave: la alheira sola está deliciosa, pero tiene mucho sabor por lo que puede empalagar. Sin embargo, al combinarla con la salsa tártara, ésta suaviza el plato contrarrestando el exceso de sabor, equilibrándolo y dejándolo en la línea de lo sublime.

La persona que me atiende, Antonio, está en todo momento pendiente pero sin ser pesada (ese sweet spot que cada vez es más difícil de encontrar). Le comento que me recuerda a la farinheira, otro embutido típico de Portugal que pude probar en mi último viaje a mi querida Lisboa. Según me explica, son similares, pero la farinheira lleva harina, lo que hace que sea un plato más pesado. La alheria sin embargo, aunque contundente y con un sabor muy potente, no es tan pesada.

Sigue la cena con el rey de la gastronomía portuguesa: el bacalao.

En este caso, bacalhau éLeBê. Lo traen en una cazuela de hierro, donde se ha cocinado al horno y lo emplatan en la misma mesa (y me dice que si quiero más bacalao, no tengo más que decírselo). Bonito detalle.img_3323

El plato está compuesto por un lomo de bacalao acompañado por puré de patatas.

El bacalao estaba en su punto perfecto de cocción. Se deshacía casi con mirarlo. También estaba en su punto perfecto de sal. Por poner un pero, quizá la salsa (una especie de salsa rosa) le comía un poco el protagonismo al pescado, pero estaba indiscutiblemente delicioso.img_3326

El puré de patatas no se quedaba atrás. El sabor, muy interesante. Un sabor que  sin duda me resulta familiar pero que no consigo identificar.

Hablando con Antonio, consigo que me desvele el secreto. Si queréis saberlo… ¡tendréis que ir a probarlo en persona!

Tras terminar el plato, me preguntan si quiero la carta de postres… ¡la respuesta es obvia!

Tras un par de minutos vuelve Antonio y me dice que no me va a traer la carta de postres. Que, si me parece bien, va a traerme él el postre más típico.

Por supuesto, no son palabras para discutir. Me pareció un detalle atrevido, en el mejor sentido. Algo que agradecí sin duda.

Como imaginaba, el postre era el pudim Abade de priscos. img_3330

Este pudim tiene la particularidad de elaborarse con grasa de cerdo. Es una explosión dulce que no llega a empalagar (nada que ver con el que probé en un restaurante de mi querida Lisboa, de cuyo nombre no quiero acordarme, que sabía a chorizo).

Tras el postre, me ofrecen una copa de Oporto. Por supuesto, me dejo recomendar y me trae un Niepoort LBV (late Vingage Bottled, que ha pasado 5 años en barrica antes de ser embotellado).

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Antes de servirlo, me deja probarlo para ver si es de mi gusto (igual que hizo con el tinto al comienzo de la cena). Un detalle que siempre aprecio.

Sin duda, la mejor manera para cerrar con broche de oro una cena estupenda.

Cuando me traen la cuenta, Antonio me dice con mucha elegancia que lo que aparece es lo que me van a cobrar… no entiendo muy bien a qué se refiere, hasta que veo que el postre y la copa de Oporto no están incluidas: ha sido invitación de la casa.

Sinceramente, no me gusta que un restaurante me invite a nada simplemente porque me vea apuntando en una libreta. Ni soy (ni pretendo ser) crítico gastronómico y, en muchas ocasiones, ese tipo de invitaciones conllevan la intención de agradarme para que hable bien de un sitio. Soy un cliente como cualquier otro al que, cuando descubre un restaurante que merece la pena, le gusta compartirlo con sus amigos.

Sin embargo, en esta ocasión, la elegancia con la que lo hicieron me deja ver que es un simple detalle. Y, en cualquier caso, no era necesario ya que la calidad y el servicio de éLeBê hablan por sí solos.

No puedo terminar esta entrada sin alabar el servicio ofrecido por Antonio. No sólo conmigo, sino con el resto de los clientes. El tiempo que estuve cenando, pude comprobar que sabía estar a la altura de cualquier situación: bromeando y metiéndose en el bolsillo a los niños de la mesa de al lado (haciéndoles más caso, por cierto, que sus propios padres…), tratando con total corrección a los adultos y, por supuesto, ofreciéndome su tiempo y su consejo durante mi cena. Una persona de las que ama su trabajo.

Algo que cada vez es menos común (aunque aún queda gente así, en lugares como En la Parra en Salamanca o Enklima y Gofio en Madrid).

Si pasáis por Oporto y queréis un buen homenaje gastronómico, no dudéis de probar éLeBê. Una maravilla a un precio más que razonable.

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